lunes, 30 de agosto de 2010

LA PUTA HILARIA

LA PUTA HILARIA (1ª parte)

Ancha de trancas, generosa de ubre y andar rústico. Tea tramontana y mirada ligeramente pitarrosa, resto, sin duda, de largas noches al desvelo, entre jaras y matojos de la Casa de Campo de Madrid, donde, sin duda, en sus buenos tiempos, retozó hasta el agotamiento.
Así, de la noche a la mañana, más bien entre dos luces, apareció, de la mano del Lucas, el tabernero, la Hilaria, en Tarabilla.
No se sabe de dónde se sacó una hermana fantasma, de la que nadie, en el pueblo, le había oído hablar. Pero lo cierto es que allí estaba, con la que, en adelante, sería su sobrina.
La historia era sencilla. La moza, a la sazón cercana a la treintena, vivía, con su madre, en la capital. Al fallecer ésta, huérfana de buhardilla, cansada de restregones sudorosos y harta de pinchazos de penicilina, decidió que su carrera, como puta capitalina, había terminado; que sería beneficioso saborear la vida del campo y, por qué no, de dónde venía el dicho de "como puta por rastrojo"?
Tarabilla, pueblo pequeño y hacendoso de La Mancha, no podía permanecer ajeno a las idas y venidas de sus habitantes y, mucho menos, si se trataba de un forastero.
El bar del Lucas "El Rejas" notó, sensiblemente, la afluencia de clientes, máxime, cuando corrió la noticia de que el viejo cascarrabias ya no andaba detrás de la barra. Era Ily, como le gustaba que la llamaran y no Hilaria, nombre de guerra que quería conservar de su anterior vida, quien, con más garbo que acierto, se movía, como pez en el agua, entre las mesas, permitiendo ligeros roces de bragueta que elevaban la temperatura ambiental del local y hacían olvidar los pequeños defectos en el servicio, fruto de la inexperiencia en tal cometido. Como la disculpaba el respetable: "nadie nace aprendío!"
Los días pasaban apacibles en Tarabilla. Ily, cada vez más integrada, había entrado ya en esa fase en la que conocía a sus clientes, prácticamente todo el pueblo, por sus nombres o apodos. Con todos se comportraba de forma afable y cariñosa, permitiéndoles ciertas pequeñas licencias, pero manteniendo siempre la distancia necesaria para evitar compromisos.
Como era de esperar, las "fuerzas vivas" de Tarabilla, no podían ser ajenas al revuelo que la llegada de Ily había levantado en el, hasta ahora, tranquilo pueblo.
D. Modesto, el cura, no pudo por menos que fruncir el ceño cuando supo de la existencia de la vital tabernera. D. Juan, el boticario, como buen comerciante, vió en Ily una nueva clienta, sin más. En cuanto al médico, D. Luis, recién casado él, bastante tenía con el doble trabajo de cuidar de la salud vecinal y de cumplir como nuevo esposo. Solo el joven veterinario, Antonio, como a él le gustaba le llamasen, ajeno de cargas familiares y de escrúpulos de conciencia, vió en Ily una futura conquista.
Pero hete aquí que, en Tarabilla, un viejo hacendado, llegado de Las Indias, forrado de oro hasta las cejas y carne de ama de llaves, cosa rara en él, comenzó a frecuentar la taberna, haciendo ostentación de su riqueza, llegando, ante el asombro de propios y extraños, a dispensar invitaciones a unos y a otros, intentando ganarse la atención de la joven dependienta que, a su vez, no hacía nada por disimular su asombro ante tal derroche. La hermosa cadena de oro que cruzaba su oronda panza, sujetando el pesado reloj del mismo metal, era suficiente credencial acreditativa de su poderío económico.
Fácil presa, pensó D. Frasquito, que así se hacía llamar.
Fácil presa, atinó a murmurar la Ily, que vió una buena forma de enriquecerse con premura.
Asi, con zalameras sonrisas, guiños picarescos, ligeros pellizcos consentidos y gestos de complicidad, día a día, fué D. Frasquito cayendo en la tupida red que, tan ladinamente, le iba tendiendo la reconvertida cortesana, pensando, a su vez, que era él quien la "llevaba al huerto".
Quiso la fortuna, buena o mala, pero siempre buscada, que, por aquel entonces, apareciera Antonio en la vida de Ily, con motivo del baile dominical que, invariablemente, se celebraba en un corral, anejo a la taberna.
Ante el general jolgorio de los asistentes, Antoio e Ily bailaron alegres hasta la extenuación, habiendo quien comentó: "no hacen mala pareja"..., algo que no entraba en los cálculos de ninguno de ellos que, jóvenes, solo pensaban en su propio divertimento.
Como no podía ser menos, la noticia corrió como la pólvora. D. Modesto, mosqueado ante tal demostración de desfachatez mundana, pensó en recriminar, seriamente, a Antonio su conducta, aún a sabiendas de que de nada serviría su sermón en el desierto.
(continuará..